Yukio Lippit
Profesor de Historia del Arte y Arquitectura | Universidad de Harvard
04/12/2021

El gobierno japonés supervisa el conocido sistema de selección por medio del cual monumentos y obras de arte especiales son denominados “Tesoros Nacionales” (Kokuhō). Sin embargo, es poco sabido que en Japón también se denomina a un selecto grupo de practicantes de artes nacionales como “Tesoros Nacionales Vivientes” (Ningen kokuhō). Este proceso asegura la existencia y la transmisión de un gran número de artes y manualidades de hace muchos siglos cuyos practicantes han disminuido con la era moderna. Los artistas aquí seleccionados son concebidos como la manifestación viva del patrimonio cultural, la encarnación poco común de los legados artísticos. Si este sistema fuese entonces extendido a otros lugares del mundo, muy seguramente sería Alfonso Ariza un candidato ideal para recibir dicha denominación. Esto debido a la manera en que Alfonso Ariza logra, por medio de su pintura, preservar, transmitir y nutrir la práctica de Nihonga; una tradición en esencia japonesa que es entonces transformada en algo nuevo y extraordinario. El resultado de ello está presente en tres pinturas muy únicas de la exhibición “Koten”.

Nihonga es un modo de pintura basado en formatos, paletas y temáticas tradicionales japonesas. En él se amalgaman los acercamientos de diversas y distintas escuelas de pintura de la era premoderna, a la vez que sus modos de exhibición son adaptados a los espacios expositivos y modos de consumo modernos. Su origen remonta a la década de 1880, cuando los críticos del arte e intelectuales de Tokio, como el estadounidense Ernest Fenollosa (1853-1908) y Okakura Kakuzō (1862-1913), expresaron gran preocupación por la occidentalización de Japón y la posible muerte de sus consagradas tradiciones. Dos figuras que de hecho fueron fundamentales en la apertura de la Escuela de Arte de Tokio (Tōkyō Bijutsu Gakkō) en 1889, la primera academia de arte estilo occidental donde no se enseñaba la pintura al óleo sino que se ofrecía la formación en  Nihonga (no obstante, en 1896 si sería añadido al currículum la pintura al óleo). Mientras tanto, en Kyoto, sucedía en paralelo un movimiento que buscaba preservar y modernizar las escuelas de pintura tradicionales japonesas con artistas como Takeuchi Seihō (1864-1942).

Al día de hoy, el movimiento del Nihonga ha obtenido un éxito cuyos alcances superan incluso cualquiera aspiración descabellada de sus fundadores. Actualmente hay un número de prominentes escuelas de arte que ofrecen un riguroso currículo de entrenamiento en Nihonga, del cual se gradúan decenas de estudiantes. Así mismo, docenas de exhibiciones visitadas por grandes audiencias ocurren durante el año. Muchos de los grandes pintores modernos de Japón son artistas de Nihonga, cuyos trabajos no sólo son encontrados en museos y colecciones privadas, sino que también adornan instituciones tradicionales como los templos budistas y el Palacio Imperial.

Dentro de su formación artística, Alfonzo Ariza recibió apoyo del Ministerio de Educación (Monbushō) para estudiar en Japón y completó su maestría en la Universidad de Arte de Tama (Tama Bijutsu Daigaku) en Tokio. Ahí Ariza estudió junto con otros estudiantes, entre ellos Kayama Matazō (1927-2004), uno de los más reconocidos maestros de Nihonga durante la era de la posguerra.

Cabe aclarar que Nihonga es extremadamente difícil de dominar. Las diversas tradiciones pictóricas en las que se inscribe son más fácilmente explicadas en términos de tradiciones monocromas y policromas de pintura. La pintura monocroma consiste en tinta a base de agua y se enfoca en la habilidad del artista para desarrollar numerosas formas de pinceladas y tintas. A pesar de su aparente simplicidad, un artista que ha dominado la pintura en tinta puede desarrollar un amplio rango de inimaginables colores, texturas, humores y efectos atmosféricos con la aplicación de trazos, lavados, capas, salpicaduras y manchas. Por otra parte, la pintura policromada consiste tradicionalmente en pigmentos minerales pulverizados —como lo son el azul azurita (gunjō), el verde malaquita (rokushō) y el blanco de concha (gofun)— aglutinados con cola animal (nikawa). Aquí, también, se ve la habilidad del artista en la creación de un amplio rango de efectos artísticos a partir de la intensidad y el color de los pigmentos; sea al variar el tamaño de los granos del pigmento durante la pulverización o al combinarlos con una base de pigmento blanco para suavizarlos. Además de ello, los artistas de Nihonga también pueden valerse de otros materiales, como la hojilla de oro y plata (kinpaku y ginpaku), que confieren una maravillosa aura metálica al lienzo. La combinación de la pintura en tinta, las tinturas vegetales, los pigmentos minerales y los folios decorativos son lo que posibilitan que Nihonga ofrezca una infinita gama de cualidades visuales a lo largo de sus superficies.

El formato de la pintura también es un componente importante dentro de Nihonga, en particular los biombos de seis paneles. Estos biombos, conocidos como byōbu, son un componente tradicional de la cultura visual japonesa. Ellos derivan de los biombos tempranos chinos y evolucionaron de los mismos al agregarse la posibilidad de doblarse, como un xilófono, con la aplicación de bisagras entre cada uno de los paneles. Los paneles plegables podían ser fácilmente doblados, transportados y guardados, lo cual era particularmente importante al ser la exposición de estos objetos usualmente temporal y reservada para ocasiones específicas; los biombos eran traidos para la breve duración de una ceremonia u ocasión social, y posteriormente retirados. En el momento en que eran dispuestos, los biombos formaban casillas en el interior del espacio arquitectónico y sus superficies pintadas animaban el espacio con significado y atmósfera. Además, al ser Japón una cultura de sentarse en el suelo durante la mayor parte de su historia, los espectadores estaban inmersos en el campo visual de los biombos que los rodeaban. Siempre que un byōbu fuese dispuesto, el espacio era transformado y los espectadores transportados a otro mundo.

Sin duda, durante sus estudios de Nihonga Ariza dominó los materiales, los formatos y los acercamientos tradicionales de la pintura japonesa. Pero él también ha ido más allá al utilizar estos elementos de nuevas formas y adaptarlos a nuevos ambientes. No todos los materiales tradicionales están inmediatamente disponibles fuera de Japón y cualquier artista que desease continuar la tradición de Nihonga en la región de los Andes tendría que ser recursivo y hacer adaptaciones. Es por ello que fue para mi una sorpresa y gusto, en mi visita al estudio de Ariza en 2019, poder presenciar no solo sus trabajos en proceso sino la extraordinaria librería de pigmentos minerales y de herramientas que utilizaba para pulverizarlos y prepararlos; a veces desde una forma más experimental como sucedería en un laboratorio de un pintor renacentista.

Las tres pinturas de la exposición “Koten” muestran diferentes aspectos de la tradición Nihonga, pero también dan cuenta de las muchas formas en que Ariza ha introducido un nuevo capítulo a esta tradición. El corazón del mundo revela un asombroso entendimiento del poder del formato de los biombos. En él se muestra una cascada en la selva del Amazonas cuya completa reproducción del agua logra conseguir el efecto de lo sublime. El poderoso ritmo del tradicional tambor taiko, el cual Ariza dice haber escuchado mientras creaba su obra, invade cada centímetro cuadrado de la pintura. Los pigmentos, dentro de los que se incluye cristales de cuarzo, no solo transmiten la espuma y las olas del océano, sino que añaden una textura única a la superficie: este es un mineral el que representa a un líquido. ¿Podría imaginarse a sí mismo arrodillado frente a este biombo, de manera en que su línea de visión está en medio de este turbulento mar, como habría sucedido en los tiempos del Japón premoderno?

Hilos de plata, hilos de vida, está basada en la materialidad única y en los efectos decorativos de Nihonga. En el centro se encuentra La Chorrera, una cascada ubicada cerca a Bogotá y en medio de un bosque. Está pintada sobre una base de hojilla de plata (ginpaku) cuya luz reflectiva y reluciente impregna al paisaje de una cualidad mística, como si brillara ella desde una luz interior. Aquí la base en plata también carga consigo un significado semántico. Aríza afirma que la utiliza para manifestar lo que constituye para él el verdadero tesoro de la Leyenda del Dorado: los recursos naturales del continente, en especial su agua. La cascada puede ser relacionada con los hilos de plata que conectan entre sí los ríos y que se extienden a lo largo de todo el territorio, de forma que constituyen el sistema circulatorio de la tierra. La pintura propone que el Dorado nunca fue un lugar en específico, sino algo que siempre ha estado a nuestro alrededor.

Ruta libertadora también trae inspiración de su mundo local pero de una manera diferente. Aquí el inmenso paisaje de los Andes ubicado contra un cielo rojo simboliza la sangre derramada durante la Guerra de Independencia, cuando Simón Bolívar cruzó las montañas como parte de su recorrido. Así mismo y acorde con el acercamiento único que hace Ariza de la paleta nihonga, la materialidad del pigmento rojo está impregnada de significado. El pigmento consiste de cochinilla roja, tradicionalmente derivada de insectos de distintas partes de Latinoamérica y muy admirada a lo ancho de Europa por su brillante color. Los intentos de reproducir este pigmento llevaron accidentalmente, de alguna manera, a la invención del tinte sintético del azul de Prusia (Berlín), el cual fue posteriormente exportado a Japón. En el siglo XIX, artistas japoneses como Katsushika Hokusai tomaron ventaja del azul de Prusia para diseñar nuevos paisajes en grabados de madera con maravillosos efectos, como sucede en La gran ola. Es por eso que, al utilizar la cochinilla roja en Ruta libertadora, Ariza completa y encierra en un círculo el viaje de este maravilloso color.

El título de la exhibición, “Koten”, puede ser traducido como “Clásico”, el cual entiendo como un homenaje a las tradiciones de la pintura Nihonga que Ariza tanto admira de Japón. Aunque Nihonga simplemente significa “pintura japonesa”, uno se siente tentado a referirse a la pintura de Ariza como Sekaiga o “pintura del mundo”. A menudo hablamos sobre tradiciones culturales y artísticas como algo nacional, pero Ariza es el ejemplo vivo de un hecho, que ninguna tradición artística puede ser confinada a los bordes de la nación y la cultura propia. Dentro de su trabajo, Nihonga continúa evolucionando dentro de nuevos capítulos donde adquiere nuevas inspiraciones y encuentra nuevas audiencias que los fundadores de su movimiento jamás pudieran haber imaginado.

 

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